El esplendor sobre la hierba
A pocas horas de mi sexagésimo cumpleaños —uno es de esos que llegan in extremis hasta nacer, pues por pocos minutos no lo hice el día 4 de junio—, a tan poca distancia de tan pavorosa cifra, uno debe ir asumiendo definitivamente que la juventud quedó lejos, muy lejos, pero no tan lejos como hace poco pude llegar a pensar. En la sociedad en la que vivimos nos empeñamos de manera denostada en engañar al tiempo, como si pudiéramos convertirlo en algo reciclable, un elemento más de nuestro armario que podamos comprar cada temporada, en la esperanza de que, esta vez sí, nos siente un poco mejor. Cuando voy al gimnasio, arrebatado yo mismo por esa pulsión de fuga, de carrera por delante de Cronos, observo con simpatía y solidaridad generacional a tantos señores maduros como yo —molesto epíteto que en su semántica oculta, aquella que nos trae la pragmática, activa más el sentido de esa fruta que ya huele mal que a la que está en su punto de sabor—. Todos nos empeñamos con van...