El camino de la vida.

Estas noches de verano, pero de verano de verdad, cuando aprieta el Lorenzo aprieta de firme, y crees al abrir la puerta que te has dejado el horno encendido, son las ideales para conciliar el sueño, de puro agotamiento con la lectura de un buen libro, a ser posible un viejo conocido.

No se si hablo por mi propia querencia, o bien, a algunos de vosotros os ocurre como a mi, que releer, volver a leer un libro que leímos anteriormente, si el escrito lo vale, tiene un plus, un añadido de reconocimiento, de algo conocido que aprendimos a amar, puede que hacer largo tiempo.




Como digo hace pocas noches cayó de nuevo en mis manos una vieja edición de El camino, del maestro Delibes. Una edición de Ediciones Destino, sin duda barata, una de esas ediciones en rústica, pero con una portada de diseño meritorio. Al menos a mi, así me lo parece. El papel, es barato, de estos que apenas en un lustro amarillean, y en cuatro décadas, que son las que aguanta el volumen ya en mi biblioteca, parece que tiene "tirizia" como diría mi querida Juana, ay Juanita.

Digo que a mi me gusta releer libros ya leidos, como me gusta visitar lugares ya visitados. Es cierto que descubrir nuevos países, nuevos parajes, lugares desconocidos es emocionante, y aprendemos mucho de ellos, pero volver a pisar un lugar en el que ya estuvimos hace algunos años, o quizás muchos, tiene, como digo un plus. Y yo digo que será por lo que nuestra memoria, aliñada de nuestra ensoñación, que crece casi tan rápido como se desvanece la primera; desvanece y difumina los perfiles de la imagen real, de los espacios, las calles, las iglesias, aquella pastelería o aquella pastelera que descubrimos en nuestra lejana visita. Al visitarlos, o al leerlos de nuevo, descubrirnos lo que nuestra memoria a conservado de estos y aquellos: la esencia de las emociones que nos causaron, es lo permanece.

El camino es un libro que me ha atrapado vigorosamente y me ha transportado a la infancia o la inacabable y confusa adolescencia. Bien porque lo leyera en ese momento vital, bien por la edad de su protagonista, Daniel, el mochuelo, y todo su universo de interior que relata como sólo el maestro castellano supo hacerlo. 

La noche que lo retomé se apoderó de mi esa fuerte sensación de lo conocido y añorado. Acudió a mi el mundo de la infancia. Ese instante que mantiene la curiosa propiedad del tiempo de los humanos, tan largo en los primeros años de la vida, y tan breve y precipitado conforme nos aproximamos a edades más maduras. Es algo que todos hemos oido de nuestros mayores, con el  excepticismo y la superioridad que nos enviste la imprudente juventud. Pasan los años y comprobamos con prevención y temor, cuando somos nosotros los que comenzamos a ser "mayores", cuan cierta era esa afirmación.

No puedo concretar qué párrafo, o qué escena de El Camino me transportó a una de aquellas tardes interminables en el patio de mi colegio. Ese increíble universo que algunos afortunados tuvimos ocasión de vivir y disfrutar en los inicios de los años 70, en una antigua dehesa sevillana. Estando como estaba Tabladilla muy a las afueras de la Sevilla del año 71 del pasado siglo, madre mía cuántos años, el autobús nos recogía casi amaneciendo y, en invierno, llegábamos a nuestra casas casi con el sol poniéndose en el solar la Plaza del Sacrificio, vulgo Huerto del Francés.  

Eramos niños muy felices, los que aprendiendo en las aulas como aprendíamos, disfrutábamos de aquel universo semisalvaje del Tabladilla de aquellos años. Me dan un poquito de pena, estos niños de ahora. Dios me libre de renegar del bilingüismo, de las nuevas tecnologías y de la excelencia pedagógica del centro actual. Pero me da pena que no hayan podido disfrutar de ese arroyo que atravesaba, a veces casi seco, a veces desbordado y salvaje, casi un tercio de aquella parcela de conocimiento y pedagogía, como diría mi amigo Valeriano, con su sorna extremeña. Son niños que no han podido disfrutar de una tarde de cacería de "eslizones", como los llamábamos nosotros investidos de sabiduría zoológica. Son niños que no han tenido la ocasión de aburrirse, mientras machacábamos unos chinos pequeños con un canto rodado de mayor porte en la esquina del pabellón, siempre a resguardo de un profe que nos bronquease, o uno de los "mayores" que viniese a tocarnos las narices por el simple gusto de enseñar los galones.




Y mira que el que os escribe está en eso de la tecnología, que mi trabajo me exige cada día operar con entornos que en aquel momento, a aquellos niños que tenían conversaciones interminables, les hubiera parecido de pura ciencia ficción. Niños éramos que aprendíamos a poquito, despacio, en tardes interminables, sobre la vida, sobre quien tenían delante, sobre nosotros mismos. 

La lectura de El Camino, la resurrección del Mochuelo, despierta mis recuerdos de un niño de un patio, que no de Sevilla, sino de Montequinto, donde amigos muy queridos, que aun hoy me ha regalado la vida tenerlos, siguen machacando piedritas con un canto de mayor porte. No son ahora piedritas de un patio de colegio, de ese patio de nuestra Tabladilla. Son ahora piedritas de las que nos pone la vida por delante, y las machacan con paciencia, como bien saben y Dios les da a entender. Son amigos que machacan esas piedritas de la vida por otros de nosotros. Seguimos agachados en el aquel patio soleado y abrasador a veces, cabezas con cabezas, las rodillas arañadas y la voluntad inacabable. Qué suerte tenemos algunos :)

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