Y la ficción sobrevoló el aula 216

No hace muchas semanas, en la vetusta, incómoda, inadecuada, pero venerable aula 216 de la Facultad de Filología de Sevilla, quien les escribe tuvo el agradecido privilegio de asistir a una de las clases magistrales del catedrático de Literatura Española de la Universidad de Sevilla, Don Juan Montero Delgado. Durante un delicioso, y ya siempre entrañable cuatrimestre, sus alumnos hemos tenido el enorme placer de disfrutar de un tiempo aparte, de una verdadera ínsula privilegiada, en la que este profesor, en toda la integridad de la palabra, ha venido a hablarnos con la indeleble e imborrable voz de otro Don, este Miguel de Cervantes Saavedra.



Apenas han sido cuatro meses y medio, durante los cuales el profesor Montero nos ha ayudado, primero a situarnos en las circunstancias vitales del genio humanista de Alcalá de Henares —bendita seas siempre por haber dado a luz a este faro del humanismo—, al tiempo que hacía un somero pero profundo recorrido por la obra de Don Miguel. Desde los proemios de la Galatea, o incluso sus poemas de juventud encargados por mentor Juan López de Hoyos, hasta las últimas y célebres líneas del Persiles que tanta veces hemos recitado en nuestras lecciones escolares:
Puesto ya el pie en el estribo,
con ansias de la muerte,
gran señor, esta te escribo
Es esta historia de Cervantes la de un humanista íntegro, inconformista y siempre apartado del poder por mor de su mala fortuna o de su probada incapacidad para adaptarse al ambiente ultraortodoxo de la Reforma. Esa mojigatería que poco a poco contagió la corte de los últimos años del reinado de Carlos I, y en la que su sucesor Felipe II se envuelve como un capote de noche, oscuro, maloliente y sudado, y que a Cervantes repele desde lo más profundo de su alma humanista.
Es en este punto precisamente donde el profesor Montero ha ido depositando con paciencia y minuciosidad una semilla preciosa en todos nosotros. Nos ha ido mostrando, de la misma manera que Cervantes hizo con su Quijote, el camino de la lectura crítica, pues es ese el lector que busca Cervantes para su obra. Un lector que, sin pretender adentrarme en el camino de la crítica —que para ello padres tiene la Iglesia— sí debe ser un individuo crítico, que haga su propia interpretación del enorme legado de Don Quijote y Sancho Panza.
Es esta semilla de inconformismo, incluso de pensamiento subversivo, la que contempla con gesto burlón no exento de amargura, la decadencia de la utopía que simbolizó por momentos el reinado del emperador Carlos en su cénit. Es la nostalgia de aquella edad dorada, aquella ilusión que Don Quijote canta en el discurso del mismo nombre, y que el reinado puritano y oscuro del rey Felipe II terminó de enterrar bajo una lápida con el nombre de Arcadia. Una semiente que germina, depositada en el corazón y el ánima de los lectores inquietos y curiosos, quienes, buscando más allá de las apariencias, encuentran y son encontrados por la voz de Don Miguel, una voz que distingue y resuena fuerte y clara a través de cuatro siglos de literatura.
Fue en el contexto el de la lectura de los últimos capítulos del Quijote de 1615, cuando se produjo un instante mágico, un minuto de oro, un breve lapso en el que se nos otorgó un valioso tesoro del que fui afortunado partícipe y testigo, y que no olvidaré mientras viva. Tomo prestado de la edición de Don Quijote, a cargo de otro gigante del cervantismo, Francisco Rico, disponible en el portal Centro Virtual Cervantes, un fragmento de ese último y delicado episodio con el que se cierra la universal obra, y es el que sigue:
“—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno». Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentando en cabeza propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado, y Sansón le dijo:
—¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? ¿Y agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos.
—Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo21, porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.”
Como anticipaba al inicio, el profesor Montero con la sencillez, pero con la profundidad de la que dota a sus reflexiones didácticas —ahí donde se distingue a los verdaderamente grandes de los simples eruditos— nos expuso con brillantez una verdad oculta a los ojos de los lectores románticos y que reluce ante nosotros en expresión tan contemporánea, tan vigente, tan liberada de la pérdida posmoderna. La reflexión es esta: toda vida debe contener un componente de ficción. En este capítulo final, Alonso Quijano «el Bueno», antes Don Quijote, se extingue irremediablemente cuando renuncia a su ficción vital. Cierto es que nuestro inestimable loco-cuerdo resulta finalmente curado de su ilusión, como también es cierto que esta misma curación acaba con su vida.
Así, la afirmación del profesor Montero permaneció sobrevolando el aula, con vibrante aleteo, dejándonos a todos desnudos por un momento, al descubierto de tanta veracidad, de tanta realidad, pero también huérfanos del “delectare”. La cuestión central del mensaje que este Mercurio moderno, este valedor del genio castellano, depositó a nuestros pies no fue la de discernir la necesidad o no de la ficción, de la misma literatura —pues ya vemos que es el verdadero motor del progreso—. La verdadera cuestión será, a partir de este punto, la de saber elegir cuál va a ser nuestra ficción y apostar en ello toda nuestra pasión, todo nuestro talento, aún a riesgo de perder nuestras alas como Ícaro, por acercarnos demasiado a la verdad, a esa ficción que, como las capas de una cebolla, encierra en su interior nuestra propia humanidad.

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