La política, la verdad y otras cuestiones molestas
En estos tiempos que estamos viviendo en los que en el parlamento español se exhibe una vergonzante convivencia y connivencia con la mentira sería bueno recordar algunas cuestiones con respecto a lo que es un bien en sí mismo: la verdad.
La verdad, ese concepto que, para una parte de la izquierda —sí, esa que se arroga de manera arbitraria el calificativo de progresista— no es más que un prejuicio burgués, un denostable resto de humanismo cristiano que conviene desterrar pues lo importante, lo realmente importante, no es emitir mensajes que se ajuste a la justicia, a lo verdadero, si no, más bien elaborar discursos apegados a la filiación emotiva.
Critica Sócrates en “Gorgias” —y a este no creo que podamos etiquetarlo de ser de derechas ni de estar sometido a los prejuicios del humanismo cristiano— «a los políticos que buscan el placer y el poder en lugar de la verdad, aunque esta resulte incómoda». Como tampoco es ajeno su predecesor Platón con afirma en “La República”, que la «búsqueda de la verdad es el fundamento del gobierno justo».
Fijémonos por un momento en la densidad semántica de este sintagma: «la verdad es el fundamento del gobierno justo».
En estos días en los que el gobierno que nos desgobierna donde la verdad —o la versión oficial de los hechos— muta en giros escandalosos en razón a la conveniencia y supervivencia de un aventurero sobrevenido sobre nuestra querida y maltratada España, es fácil contemplar como salida plausible emitir mensajes que correspondan a eso que se ha venido a llamar “verdades a medias”.
Quien escribe no es tan ingenuo como para pensar que, en la estrategia de comunicación de un partido, o en los movimientos tácticos que la acompañan, no haya que medir los tiempos por la conveniencia de no anticipar argumentos al oponente —fíjense que no he utilizado ni “armas” por “argumentos”, ni “enemigo” por “oponente” —.
Pero tan cierto como que hay que saber administrar la discreción en la difusión del mensaje, igualmente lo es el hecho de que emitir mensajes ajustados a la verdad es un deber al que el político se debe por varios motivos que nos alejarán del proceso de generación de un discurso populista. Porque el político debe alejarse de la tentación de tratar a sus conciudadanos, finalmente sus votantes futuros, como a niños o como a personas a las que enajenamos su libertad de pensamiento. Tenemos que exponer la verdad por incómoda que ella sea en algunos momentos. Bien afirma Spinoza en el “Tractatus Theologico-Politicus”, que «la libertad de pensamiento y expresión son fundamentales para una sociedad libre». Afirma que los ciudadanos tienen derecho a pensar libremente y que el Estado debe garantizar esta libertad, incluso si los pensamientos expresados incomodan al poder.
Pues bien, emitir mensajes intencionadamente tergiversados con el objeto de ocultar la verdad es infligir un grave daño a la libertad de pensamiento del ciudadano. Propagar la idea de que cualquier estrategia —incluso la connivencia con la mentira— es válida con tal de evitar el triunfo del adversario es un peligroso camino hacia el fin de la democracia tal como la entendemos, y ello precisamente es lo que desde —voy a decirlo— desde los tiempos del inefable Zapatero y su aventajado discípulo Sánchez ha consolidado en el que era un partido de gobierno, como es el PSOE.
Es realmente lamentable que una organización política que albergó en la transición y primeros tiempos de la democracia a intelectuales de la talla de Gregorio Peces-Barba, Enrique Tierno Galván, Enrique Múgica, Alfonso Guerra, Fernando Morán, Javier Solana o Ernest Lluch —por cierto, asesinado por los socios de Sánchez— esté gobernado desde hace casi una década por está pléyade de advenedizos con una formación paupérrima y una ética deleznable.
Me gustaría mucho que quienes me lean no vean en mis afirmaciones una posición sectaria o partidista. A nadie se le escapa —y no voy a hacer el menor esfuerzo en camuflarlo a atenuarlo— que mi pensamiento político camina por los senderos del sentir liberal y, por ende, paralelo al del partido que lo representa en este país que es el Partido Popular.
Hecha esta aclaración que creo necesaria, y no pudiendo suponer tal afirmación la renuncia al pensamiento propio, acudiré de nuevo a las “autoritas”, que para eso las tenemos. Voy a finalizar por encomendarme a uno de mis modelos, el amigo Kant y a su célebre “sapere aude”, que a su vez tomó prestado de Horacio “Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude, incipe”. Emmanuel Kant recupera la alocución del poeta latino para usarla como modelo y lema del pensamiento ilustrado.
La conclusión no es otra que tenemos que atrevernos siempre a acudir a la verdad. No debemos tener miedo, o si lo tenemos sobreponernos a él, debiéndonos como nos debemos al trato igualitario con nuestros semejantes, a exponer la verdad. Cuando algunos afirman sin el menor rubor que sus afirmaciones anteriores —por ejemplo, que una amnistía no cabe en la Constitución— ya no son válidas, y que la verdad es otra, en un asombroso ejercicio de transformismo, debemos de preguntarles, ¿cuándo mentías antes o ahora?
De nuevo el amigo Kant viene a nuestro rescate cuando afirma que “la mayoría permanece en minoría de edad porque le resulta cómodo dejar que otros piensen por ella”. Insta a tener el valor de usar la propia razón —el famoso “Sapere Aude” que antes citábamos—.
Y acabo ya por no acabar con la paciencia de mi poco más de un centenar de lectores, sumando a mi madre, a mi tía Pili y a otros miembros de mi audiencia cautiva. Acabo con una reflexión que proviene de una amistosa charla celebrada a las afueras de Atenas hace nada menos que 2.360 años. En una de aquellas conversaciones con sus discípulos Aristóteles planteaba el siguiente axioma: “La constitución recta es aquella que mira al interés común”. Es decir, el interés de todos los españoles, de TODOS. Lo dijo aquel, que no yo.

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