Conociendo a Forrester

Conociendo a Forrester.

El político y la desconexión de la sociedad.



Hace pocos días he vuelto a ver la poco conocida, y para mi gusto poco valorada, película de nuestro añorado Sean Connery, y un enorme Ron Brown en el papel de Jamal. Un largometraje que guarda algunas claves esenciales del concepto de excelencia alejado de argumentos elitistas pues no está, en modo alguno, relacionado con la clase social, ni con la posición económica, ni tan siquiera con la preeminencia o posesión de un cargo político.

Por fortuna, el concepto de excelencia, sea en el arte, las ciencias, las humanidades o incluso en la política —si, también en la política– no es patrimonio heredado ni heredable. Por contra, es un sello, un carisma particular de aquellas personas que, preocupadas por alcanzar un grado más de calidad en aquello que hacen, dedican un día y otro, una semana tras otra, y así a lo largo de sus existencias, a avanzar un paso más, por pequeño que sea, hacia la mejora de aquello que han convertido en su vocación vital.

Decía Betrand Russel, siempre tan heterodoxo, como inteligente y humano, que “lo que se necesita no es la voluntad de creer, si no el deseo de averiguar, que es exactamente lo contrario”. Salvando las distancias que me separan en muchas cuestiones con el pensamiento del filósofo de Cambridge, estoy de acuerdo en que el pensamiento crítico es tan necesario para alcanzar la excelencia, como que nuestras propias debilidades como sociedad, si lo que hablamos es de la categoría grupo, y como ciudadanos, si contemplamos la categoría de individuos, son manifiestas y cada vez más acusadas si abandonamos la búsqueda de la excelencia.

El verano está ya aquí, y para muchos de nosotros, tras un agotador año de pandemia, crisis, "proces", leyes absurdas y política de adolescentes, se adivinan ya en el horizonte las velas de un buque cargado de reposo, reflexión y algo de descanso. Ha sido un año, qué duda cabe, en el que hemos contemplado con estupor como los mejores, los excelentes, abandonaron hace ya tiempo ese otro barco del gobierno y de la política, dejando tras de sí habitaciones y resortes de la tramoya del poder abandonados al desgobierno de los asaltacabras y truhanes, que armados de la temible imprudencia que inviste al ignorante, manejan nuestros timones con rumbo cierto hacia la rompiente.

Es muy chocante contemplar el monumental esfuerzo de un chico como Jamal, salido de un gueto negro de Nueva York, por alcanzar la excelencia que le exige una de las más elitistas escuelas del país, al poco rato de revisar espantado en la prensa la última ocurrencia de la "ninistra" con una ley que asalta sin rubor el principio de presunción de inocencia, o de leer que es "democrático" dejar que unos delincuentes asalten la soberanía popular del conjunto de los españoles escondidos tras los despachos de la Generalitat, o de "anomalía democrática" el hecho de aplicar el principio de igualdad ante la Ley.

Más chocante aún es revisar los últimos datos de las 130.000 empresas fantasmas que desaparecerán este año cuando se agoten los ERTEs, y los casi 450.000 empleos que penden de estas ayudas y de los muchos miles que ya se han perdido durante esta durísima pandemia. Chocante por cuanto en el mismo informativo nos encontramos a los políticos entrando al trapo de discutir sobre la legitimidad de discutir estas cuestiones que nos arrojan al paso —o a los ojos como puñados de polvo para cegarnos temporalmente— en tanto que miles de autónomos cierran sus negocios, las ilusiones de sus vidas, y en muchas ocasiones su propio patrimonio

Pero todo esto no es fruto de posiciones políticas diferenciadas y opuestas. Esta desconexión con la realidad que nosotros, como sociedad y como individuos, les permitimos a muchos nuestros políticos, es posible en virtud —o más bien dicho, en vicio— de la ausencia de excelencia. Excelencia en el programa y sistema educativo, excelencia en el sistema de selección del profesorado en nuestras universidades, y excelencia en nuestro sistema de partidos políticos que se demuestra agotado y ensimismado en sus propias supervivencias.

Ciertamente hay esperanza. Y no podemos, por más que la tentación sea sucumbir al socorrido "son todos iguales", dejar de pensar que existen personas, que si están en la política, en la educación, en la universidad, en las artes, en definitiva, en la sociedad, dedicadas a la búsqueda de la excelencia en lo que hacen. Empeñadas en dar un paso más de mejora cada día de sus vidas.

Decía que hay esperanza. Tengo en mis manos un libro, viejo y un poco deteriorado, pero al fin y al cabo un libro: algo sagrado para mí. Es un edición de poemas de Walter C. Smith que mi hijo Pepe se compró por apenas 2 libras en una librería de viejo de nuestro amado Edimburgo. Y ese libro me transporta a una escena que tuve la fortuna de vivir hace apenas cuatro veranos, cuando paseábamos por la ciudad escocesa. 

Había sido el clásico día de turismo un poco como se hace ahora, repleto de visitas a museos, compras aceleradas e innecesarias, discusiones por decidir dónde íbamos finalmente a comer, y decenas de kilómetros recorridos por las calles de ese Edimburgo cada vez más frecuentado e invadido por la industria del turismo. Paseábamos, como digo, ya un poco agotados y repletos de sensaciones fuertes pero en absoluto liberados del estrés que en nuestra propia ciudad, en nuestra vida diaria, nos acompaña como un pesado buitre posado en uno de nuestros hombros.

Y en estas que dieron nuestros pasos con una librería nada parecida a las lujosas "boutiques" de "best sellers" y libros de autoayuda que pueblan las aceras de Princess Garden. En una poco agraciada calleja, a pocos metros de la falda oeste del Castillo, se nos presentaba un escaparate con síntomas inequívocos de haber vivido tiempo mejores hacía ya décadas o lustros. Entramos allí y, oh fenómeno mágico, de repente, y casi sin transición, aquellos inquietos y ruidosos adolescentes abandonaban su bullicio. 

Fueron casi dos horas de silencio en el que se me acercaban pidiendo a susurros una o dos libras para llevarse este o aquel tesoro con pastas duras que habían encontrado entre aquellos polvorientos estantes. De aquellas dos horas mágicas guardo en mi corazón dos tesoros: este viejo libro de poemas, y un sentimiento de esperanza en una sociedad mejor, una sociedad donde lo moderno, o lo tecnológico, guarde por lo antiguo, por la secreta herencia del conocimiento, un respetuoso silencio y un venerado cuidado. 

Aquellos tres adolescentes con las cabezas agachadas, no sobre las pantallas de sus móviles, si no sobre aquellos viejos libros, simbolizan ese gusto por lo reflexionado, esa querencia por el esfuerzo, incluso por el fracaso y a la mejora que nace de este, al amor por lo difícil, por lo que no es inmediato, finalmente: el cultivo de lo excelente.

Por eso, y volviendo a Jason y al viejo profesor Forrester, toda una parábola se planta evidente ante nosotros. La parábola de la comunión entre el conocimiento y la experiencia del viejo escritor, y el impulso de la juventud y el talento en ciernes del joven estudiante. Se hace visible esa conexión que alimenta a ambas partes mediante la cual tanto recibe quien da, como el que aparentemente recibe. Jason lleva en su corazón la semilla de la excelencia como un bien preciado que Forrester descubre y cultiva con asombro para sí mismo, ya viejo y escéptico.

Jason y Forrester son nuestro propio paradigma. No podemos sustraernos al ruido que nos rodea. Estamos en el mundo. No podemos pretender, como Forrester, aislarnos. Tenemos y debemos participar en la discusión política y social. No podemos abandonarla por mucho que a veces el nivel del debate esté por debajo de la cota cero. La educación, la cultura, el conocimiento, son finalmente la solución a una sociedad enferma, que no podemos abandonar al desgobierno de truhanes, oportunistas o lo que es peor, de ignorantes. De esta manera, y con pensamiento crítico, podremos levantar la vista y desvelar finalmente, a la luz de la razón, dónde estamos y a dónde queremos ir sin que nadie nos "lleve". 

Seamos de una puñetera vez Jason.


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