El caldo de la Navidad: felicidad líquida.


Ha transcurrido, otro año más, la Noche de Navidad, y todos hemos sentido en uno u otro momento ese peso de nostalgia de las Navidades pasadas, por todo lo que ya pasó y no volverá. Personalmente siempre me enfrento a estos días intentando capturar esa pequeña magia de los momentos compartidos. Son mi familia y mis amigos, valiosos surtidores de una felicidad inaprensible, quienes año tras año está presentes en mis pensamientos en estos momentos tan dulces, tan amargos, tan esperados, tan temidos. 




Son días en los que, a quienes nos gusta la cocina, nos afanamos en elaborar con esmero esa pequeña sorpresa gastronómica que hará las delicias que nuestra seres queridos. No es importante, ni siquiera relevante, el mayor o menor precio de los ingredientes del plato dedicado a esa Noche de las Noches, pues los más humildes de ellos, combinados con sabiduría y mucho, mucho amor, pueden arrastrarnos a una noche de complicidad, de miradas y encuentros que tan sólo se repiten una vez cada año, y quién sabe cuántas o cuántas menos. No puedo dejar de recordar esa inmensa película, el Festín de Babette, para apoyar un argumento indiscutible: aquello que comemos en determinadas situaciones, puede cambiar nuestras vidas.

Mis noches navidad, las que puedo recordar, que son muchas y, por fortuna para mi, muy felices, son noches de inmenso y adorable barullo. No es mi familia precisamente una estirpe reconocida por su comedimiento o carácter reposado. Más bien al contrario. A mí me gusta “acusarles” de parecer siempre la más arquetípica familia napolitana, del más castizo “quartieri” de la capital mediterránea. Son nuestras reuniones, invariablemente, una suerte de caos de abrazos, encuentros, copas derramadas, precipitación y, finalmente risas desmesuradas al comprobar que seguimos siendo unos pésimos cantores de villancicos. De nuevo el que os escribe es el más aventajado en ese particular ranking de destrozadores de canciones navideñas. No quiso mi señora madre dotarme de un oido reconocido, y mis bien intencionadas incursiones en el género no son precisamente aplaudidas ni apreciadas en exceso.

Sin embargo, si en un terreno me siento especialmente inspirado y, modestamente, dotado de un cierto instinto creativo celebrado por mis próximos y allegados, es en el de la cocina. Concretamente hay recetas que, en mi amateurismo gastronómico, creo tengo bastante conseguidas. Es una de ellas, el consomé de Navidad, la que disfruto especialmente por mejorar y conservar en su esencia de sabor cada 24 de diciembre. Son sus ingredientes ciertamente modestos. Tan sólo algunas verduras y apenas dos componentes cárnicos, completan una receta que tiene un acabado muy especial y que lo distingue como un plato esencial de la Navidad. Su clarificado y acabado final, de un traslúcido color de caramelo tostado, es el inconfundible e infaible prefacio de una Noche mágica que debemos apurar sin medida. 

El sorbo del consomé contiene la esencia de la Navidad, es su presente y su pasado. Es un auténtico extracto de felicidad, de decenas, cientos de momentos de emoción contenida, de miradas que dicen todo lo que un duro año no nos deja asomar a nuestras miradas, y que esa Noche pronunciamos sin palabras, apenas sin poder contener las lágrimas al pensar en cuántos que quisimos nos faltan, pero comparten con nosotros la mesa.

Las manos se vuelven avariciosas de las otras, los abrazos se hacen eternos y las palabras Feliz Navidad papá, Feliz Navidad mamá, feliz Navidad hermano, feliz Navidad primo, feliz Navidad Tita… vuelan como efímeros querubines que dulcifican por unas horas esta vida que tan dura se hace a veces. Son imágenes, olores, sonidos y caricias que atesoramos celosos de la cruel mirada del Tiempo que nos contempla, que tratamos de conservar en el secreto e intocable Santo Grial de la felicidad pasada.


Cada Navidad, cuando inicio mi particular liturgia de elaboración de ese caldo, cuando empiezo a trocear a cortar esas verduras, cuando el hueso de vaca se tuesta despacio en el horno, cuando elijo con cuidado las especias que ayudarán a constituir ese elixir de Panoramix; todas esas noches pasadas acuden en tropel a pellizcarme la boca del estómago, como queriendo impedir la  regeneración de ese preciado fluido, de eso que mi sobrina Reyes, esa Séneca de Tomares capital, llama con tanto atino “felicidad líquida”. Eso mismo es en esencia: el infalible invocador de la felicidad, de todo aquello bueno que somos y olvidamos y que, por unas horas, nos permitimos recordar. 

Comentarios

  1. Añadiría a ese caldo de sentimientos el de una profunda gratitud al Padre Dios por darnos esta familia tan loca y tan bonita rica en matices...
    Y en la balanza de dolores y alegrías ya se sabe quién gana en una familia de risas...
    Saboreo en mi imaginación tu consomé porque conozco el corazón de sus ingredientes 😉...... Feliz Navidad, hermano!😘

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