Caldo de Navidad. Parte II

 Caldo de Navidad. Parte II

Ahora que las cocinas bullen silenciosas y humeantes, y cuando los ritos culinarios se apoderan de nuestros sentidos, es cuando acuden a mi cabeza, de manera irremediable e inapelable, tantas otras mañanas de vísperas. Son mañanas de prisas por dejar el caldo terminado, cuidar el aliño del pavo o darle un nuevo vistazo a ese limoncello que dejamos macerando a tiempo lento. 


Tiempo lento. Es esta del veinticuatro de diciembre una mañana donde el tiempo se resiste a pasar y queda detenido en los arcanos de nuestros recuerdos. Se desliza perezoso y lábil como un daliniano diapasón abandonado de Chronos. Sus agujas oscilan adelante y atrás hurgando en nuestras heridas vitales. Son esas heridas que creemos cerradas pero que, como en el tiempo húmedo o en los avisos de las tormentas vuelven con su resquemor para recordarnos que están ahí, y que nos acompañarán de por vida.
Tiempo lento, digo, el que se aferra a nuestros corazones inmisericorde. Es una mochila cuyo peso sentimos a diario pero que en estos días redobla su gravitación sobre nosotros deformando el espacio que nos rodea, como una pesada bola de acero que recorre la flexible red temporal de nuestras alegrías y nuestras penas, todas dispuestas en una espiral arquimedea donde, a cada uno de los eventos que residen a lo largo de su desarrollo, nos generan una sonrisa o una lágrima, caras ambas opuestas y complementarias de nuestro percorso vitale.
No es una mañana ni para olvidar a tantos que nos iluminan ya al otro lado del telón de este escenario donde desarrollamos nuestras pequeñas tragicomedias. Ellos son mi inspiración en esta lucha que, a pesar de las breves treguas, es la historia de nuestras vidas. Tampoco lo es para recrearnos en una autoindulgente nostalgia de tiempos pasados. La misma memoria de cuantos hemos amado, y cuanto ellos mismos nos enseñaron, nos obliga a levantar las cabezas y los corazones para entregar de nuevo lo mejor de nosotros mismos, un año más.
Es por ello que esta mañana de vísperas, sabré acudir a la memoria de cuanto me enseñaron, a la esencia de la Navidad, a ese consomé de Vida que en estos días llega a su madurez y a plenitud. Sabré, creo, abandonar por unas horas temores, soberbias, apariencias, ofensas y daños. Cogeré ese pequeño reloj que tengo aquí dentro, algo viejo, sí, más no vencido ni agotado. Sabré darle otra vez cuerda, ponerlo en hora con todos vosotros y pedir perdón por cuanto no he sabido hacer o decir, porque hoy es tiempo, este sí, de pedir perdón; no por nuestros errores, pues errare humanun est, sino por todo aquello que no hice ni dije por temor precisamente a esto, equivocarme. 

Así que ahora seguiré en esta cocina de mi vida donde soy sólo un modesto pinche que ayuda al Gran Chef que todos esperamos esta noche. Trataré de aliñar cada plato con lo mejor que sepa hacer, y que lo que no sepa, lo pediré en consejo a tanta gente buena que hay en mi vida y de la que TÚ QUE LEES ESTO eres parte e ingrediente esencial, sin el cual este consomé que hoy humea en mi cocina no tendría este inefable sabor a Felicidad y Navidad. Gracias y Feliz Navidad.

Curro Rodríguez 


Comentarios

Entradas populares de este blog

El reloj de San Juan de Dios