El reloj de San Juan de Dios
El reloj de San Juan de Dios
Ayer mismo, buscando en internet, ese espacio ignoto donde la verdad y la mentira sobre las cosas tiene idéntica cabida y similar aspecto, encontré una noticia que removió mis entrañas infantiles.
En un diario online de la capital atlántica, se daba cuenta del último abandono de uno de los símbolos espirituales de la ciudad: el reloj de San Juan de Dios. La noticia, ya caduca, de la primavera del pasado 2016, me llamaba poderosamente la atención. Al parecer, los técnicos municipales encargados del mantenimiento del aparato, hicieron una reparación de emergencia que conseguía poner de nuevo en marcha esa inefable máquina del tiempo.
Digo que mis recuerdos de la infancia sufrieron un vigoroso trastorno al leer la noticia porque, y esto tan solo los iniciados al amor a Cádiz lo conocen, y no muchos, ese reloj ha tocado, de toda la vida, dos melodías, una para las horas en punto, el Ave María de Haendel, y otra, ay, esa musiquita, la Atlántida del maestro Falla.
Si tengo que ser franco, hasta la lectura de ese artículo de la Voz de Cádiz, no supe el título de la melodía. Pero no importa. Lo que importa es que esa melodía arranca en lo más profundo de mi cabeza, o más bien de mi corazón recuerdos de una infancia feliz. Decía el gigante de las letras sevillanas y universales "mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla", y recuerdos de un patio de Cádiz son los que definen mi infancia más añorada.
Veranos enteros disfrutamos, en todas sus dimensiones, en esa casa de la Tía Charo en la calle Santiago. Esa casa alta y destartalada del número 11, tan cerca de todo ese paraíso de mis primeros conscientes. Esa casa con olor a madera y cal, inconfundible, inolvidable, entrañable.
A veces me pregunto si existirá algún lugar donde un maestro perfumero, a nuestra demanda, componga un mágico frasco de título "olores de nuestra infancia". Qué no pagaría yo por tener un frasco rotulado "Casa de Tía Charo". Sería una esencia con olor a madera traída en barcos por el Atlántico, tan dentro de la ciudad. Con un toque de cal vieja y cal nueva, esa que cada verano dábamos una mano tras otra, vigilados por la atenta e indulgente mirada de esa mujer buena, de pelo siempre blanquísimo. Tendría también esa esencia mágica, un toque de olor a trastero, a ese trastero donde encontrábamos los restos más insospechados. Aparejos de pesca o marisqueo abandonados o dejados allí por otros primos o tíos que circulaban por esa casa que era el alma de la familia Méndez. O ese terrón de sal robada de una salina asaltada por una pandilla de niños emocionados, como quienes robaban una valiosa gema. O los libros empolvados del Tío Juan. O el olor de los tebeos en blanco y negro con un papel, tan amarillo ya, que parecían impresos en pergamino egipcio.
Por las mañanas, temprano, cuando ya había pasado el loco, ese pobre hombre trastornado que durante décadas habíamos escuchado desvariar calle arriba al pasar. Quién sabe si su locura era fruto de la intoxicación etílica, o de penas que nadie conociera, o de ambas cosas a la vez. Quizás de una vida perdida, de un amor malogrado o nunca correspondido. Pobre alma en pena que, a voces, expiaba sus fantasmas, tempranero y puntual, como otro reloj de carne, hueso y humanidad torturada. Aquel personaje trastornado recorría Compañía, Santiago, Sacramento, aquellas calles silenciosas en la madrugada del verano gaditano. Empujado por el levante, el poniente, o el viento que fuera, que es cuestión esta que a los gaditanos les encanta discutir sin pausa.
Un silencio, que apenas recuperado de la salmodia mañanera del loco, era, ahora si, acompasado por la melodía del maestro gaditano. Apenas 40 o 50 notas que están grabadas en mi corazón como la música de la más feliz de las infancias. Mis hermanos y yo la tarareábamos, durante los meses escolares, con el regocijo de quienes esperan, de nuevo, pasados el otoño, el invierno y la primavera sevillana, la proximidad del breve paraíso. Canturreábamos las notas en una suerte de hechizo para concitar a las hadas del tiempo, para acelerar de alguna manera la llegada de esas semanas felices en nuestro paraíso gaditano.
Se aproximaba, en virtud de la magia de esa música amada, el momento de aparcar el Renault 4, el "cuatro latas" en el que todo cabía. Cinco niños alborotados, maletas, cacharros insospechados que mi madre se empeñaba en cargar en el cochecito azul cobalto. "Niños, llevaros estos bultos y adelantaros para avisar a la Tía Charo". La emoción era irresistible. El momento de bajar la cuesta de la Catedral, abandonado el Campo del Sur a nuestras espaldas, y caminar, si no correr sin disimulo, calle abajo, rozando con las manos la piedra ostionera de la iglesia de Santiago. Ya podíamos oler, como sabuesos tras su presa, ansiosos, el olor de la casa. Con las manos ocupadas de bultos, sillas de playa, libros para leer en las interminables siestas, recorríamos aquellos últimos metros con la impaciencia incontenible de verla.
La Tía Charo, aquella maga buena, el alma de toda una familia, nos esperaba. Dios sabe como era capaz de adivinar nuestra llegada, asomada al balcón de aquella altísima fachada, ese balcón de madera repintada un millón de veces, emocionada también ella como una niña, por nuestra llegada, por la invasión de aquellos pequeños bárbaros que durante cinco o seis semanas, eternas y breves como un suspiro, ponían patas arriba su otrora pausado universo.
Y en aquella carrera a la felicidad, que cada mes de julio emprendíamos calle Santiago abajo, en esa liturgia tantas veces repetida, y que en nuestra inocencia creíamos eterna, siempre nos acompañaba las notas del reloj de San Juan de Dios. Tan, tan, tan, tan, tan, tariro, tan.
Tan poderoso es el hechizo que no tengo casi que cerrar los ojos, para poder ver de nuevo, esa batita negra de luto por el Tío Juan, pero con unos lunares blancos en un punto de coquetería gaditana de aquella mujer buena. Esa voz fina con tonillo irritado con que decía "Mame, dile a este niño que se ponga un gabán que hace una ventolina en calle Compañía, que se va resfriar". Casi no tengo que entornarlos para sentir en mis pies, y en mis inquietas piernas, incansables de la pura emoción, cada uno de los escalones de aquella empinadísima escalera que recorríamos de dos en dos, y hasta de tres en tres, en una carrera hacia la felicidad total, aquella felicidad de la infancia, acompañados de la melodía de la Atlántida.
Tan, tan, tan, tan, tan, tariro, tan...

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