Novela histórica ¿qué fue de ti?

Vaya por delante que el que os escribe es de lo que antes se decía de "ciencias". Vamos que estudié el bachillerato de Ciencias Puras que decíamos en aquella época. Lo de "Ciencias" podemos dejarlo, pero lo de Puras induce a la risa, sobre todo si conocierais a mis queridos compañeros de promoción.

Establecida la premisa de mi pertenencia a ese lado oscuro de los que abandonamos el noble camino de las humanidades, para enfangarnos en el pragmatismo de las ciencias, quiero levantar mi propia bandera de protesta contra la super abundante y, en su inmensa mayoría, lamentable, "novela histórica" que puebla por doquier los estantes de las librerías durante todas las épocas de año, y mucho más en estas fechas de regalos.

Tuve la suerte y el privilegio de contar entre mis profesores de bachillerato a dos figuras, a cual más enriquecedora, que han marcado todo el resto de mi vida de adulto. Personas, maestros cualificados y dedicados, que tuvieron la ganas y el talento de hacer de nosotros algo que, aunque suponga ciertas servidumbres y penalidades, siempre es de agradecer, hicieron de nosotros eso que ya no se da, ni se estila: librepensadores.

Estos dos personajes, casi míticos para los de mi generación, Valeriano Pereira y Paco Mena, por ponerles nombres y apellidos, tuvieron la bendita imprudencia de inyectarnos el espíritu crítico. Esa manía por poner en la parrilla de la discusión cualquier texto o argumento que llegaba hasta nuestras juveniles manos. El primero por el lado de la literatura, que era su asignatura, y el segundo por el lado de la filosofía, no tuvieron reparos en explicarnos a aquellos autores consagrados desde la posición de quien no se cree en posesión de la verdad, si no del conocimiento. No nos dieron recetas para memorizar, sino que nos enseñaron el camino del conocimiento crítico de los autores y de sus textos.

Cierto es que el cumplimiento de los temarios apremiaba, y que todos nosotros teníamos nuestros propios proyectos profesionales. Unos querían estudiar medicina, otros ingenierías, los muchos derecho, otros historia, económicas, empresariales... no parecía el momento de detenerse a "perder el tiempo" en discusiones bizantinas, o en procesos dialécticos al estilo de la academia ateniense. Tampoco mi memoria está tan deformada por el tiempo y la nostalgia como para pensar que aquello fue el Parnaso de la Sevilla de los 80.

Sin embargo, y a pesar de las servidumbres del curriculum académico, tuvimos algunas, y no pocas ocasiones de profundizar en el análisis de los textos, de aprender al menos a distinguir la buena de la mala literatura, a encontrar aquellos pequeños tesoros que los libros guardan y que a veces olvidamos cuando los mantenemos cerrados, callados y mudos en nuestras estanterías. Recuerdo de aquellos días, en pleno bum de la literatura de Umberto Eco, como aprendimos que incluso un genio como el italiano, usaba, casi sin pudor, de recursos y recetas que aseguraban el éxito comercial del manuscrito. Un poco intriga, algo de sexo, asesinatos truculentos, villanos procelosos y héroes portentosos de talento y valentía. Y todo ello revestido de una apariencia de "historia". Eran los ingredientes de una receta que, con dignas apariciones, nos han traído hasta el momento que estamos viviendo en la literatura comercial de las últimas décadas.

 Ya todo el mundo escribe novela histórica. Sobre todo los aficionados, como mi menda, nos atrevemos en el noble oficio de la escritura, apoyándonos el esquema documentado de un momento histórico e, invariablemente, incluimos la mayoría de los ingredientes que acabo de citar. Es la novela histórica, la inestimable muleta en la que muchos de los noveles se apoyan para arrancar su primera obra, bajo la dimensión novela.

Y la cuestión es que el mercado lo acepta. El consumidor devora una tras otra la mayoría de las obras de este subgénero que llegan a las estanterías de los centros comerciales y grandes superficies, y a las cada vez más escasas librerías de verdad. Librerías donde un librero, ese personaje en extinción, te podría coger de la mano y enseñarte la novela histórica en su mas alta concepción. Donde podrías aprender de obras maestras como Las Memorias de Adriano de la prodigiosa Margarite Yourcenare. O puede que te hiciera leer El Hereje, del maestro castellano, Delibes.

Son sólo dos muestras de lo que, en mi modesta opinión, es una novela histórica, ese delicado equilibrio entre realidad y ficción revestido de literatura, literatura de verdad. Esa manera de escribir que te hace levantar la mirada del libro, a medio camino entre el cabreo y el disfrute, y decir: "joder, cómo escribe este tío". Son esas plumas privilegiadas que te teletransportan al tiempo y al personaje como ningún medio actual es capaz de hacerlo, pues usan el más poderoso de los efectos especiales: nuestra imaginación.

Yo, como muchos, aterrizaré en algunos de estos centros comerciales para encontrarme con la misma respuesta de siempre a mis preguntas: "si, es el que más se vende", y la otra "no, la verdad es que no lo he leído" ¿Pero como se puede pretender vender un libro que uno no ha leído? Es como si el maitre de un restaurante pijo llega y te recomienda las codornices escabechadas en cama de boletus salvajes del Tíbet, y a nuestra pregunta responda "no, la verdad es que no los he probado, pero me han dicho que están de primera".

Pero a lo mejor esta vez hago el esfuerzo y me voy a una librería. No quedan muchas, pero las que han quedado son buenas. Se perdieron algunas de las mejores, y más en esta ciudad nuestra de Sevilla, tan ensimismada en lo de siempre, pero olvidadiza como pocas. A pesar de ello quedan algunos de estos templos de la literatura. Creo que entraré a comprar mis regalos y me dejaré llevar por el consejo del maitre, y este si que habrá probado el plato. Dejaré que arroje luz sobre mi ignorancia, y de paso, buscaré aparcamiento en el centro, que eso si que es para escribir otra novela.









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