El esplendor sobre la hierba

 A pocas horas de mi sexagésimo cumpleaños —uno es de esos que llegan in extremis hasta nacer, pues por pocos minutos no lo hice el día 4 de junio—, a tan poca distancia de tan pavorosa cifra, uno debe ir asumiendo definitivamente que la juventud quedó lejos, muy lejos, pero no tan lejos como hace poco pude llegar a pensar.

En la sociedad en la que vivimos nos empeñamos de manera denostada en engañar al tiempo, como si pudiéramos convertirlo en algo reciclable, un elemento más de nuestro armario que podamos comprar cada temporada, en la esperanza de que, esta vez sí, nos siente un poco mejor.

Cuando voy al gimnasio, arrebatado yo mismo por esa pulsión de fuga, de carrera por delante de Cronos, observo con simpatía y solidaridad generacional  a tantos señores maduros como yo —molesto epíteto que en su semántica oculta, aquella que nos trae la pragmática, activa más el sentido de esa fruta que ya huele mal que a la que está en su punto de sabor—. Todos nos empeñamos con vana ilusión en cultivar nuestros ya maltrechos cascarones con los que, el que más y el que menos, ha navegado más de diez o doce lustros. Ya lo decía Horacio en sus Odas, “Ay, Póstumo, Póstumo, cómo se deslizan los años fugitivos”. Y es que la aceleración del tiempo es un fenómeno que intriga a los viejos e ignoran los niños y los jóvenes.

A todos nos gustaría poder administrar un tiempo circular como el Fergus Kirkpatrick del breve y misterioso “Tema del traidor y del héroe” de Borges. El tiempo circular, uno de los motivos mejor recreados por el argentino, es el sueño de quienes pisamos el planeta Tierra sobre plantas humanas, de aquellos quienes conscientes de nuestra caducidad buscamos de una u otra manera trascender los límites de lo inevitable, torcer esta rectísima línea que nos conduce hasta el final, engañar a Cronos y protegernos de la senectud, de abrazar con fruición ese tiempo dorado.

Seguro que aquel Póstumo al que se dirige el poeta, en su lamento inefable, contiene, más por el talento del brillantísimo poeta que una casualidad etimológica en su nombre, tanta frustración ante la contemplación del fugaz paso de los años:

«Ay, Póstumo, Póstumo, los años fugitivos se deslizan;

ni la virtud ni la piedad podrán detener

las arrugas, la vejez que se acerca

ni a la indomable muerte.»

¿Pues qué es Póstumo si no el Postumus latino, “el último”, “el más tardío”? Si eligió Horacio de manera casual o intencionada el nombre de su interlocutor, figurado o no, es algo que podremos suponer, pero no conocer con certeza. El apóstrofe, la epizeuxis de esa repetición nos recuerda a todos de aquella misma manera que el esclavo en la cuadriga susurraba a los oídos del héroe aclamado por la multitud la célebre alocución “memento mori”, recuerda que eres mortal.

Tampoco mi adorado Quevedo, se sustrajo al lamento de la ruina de la edad, del paso de la juventud, ese dorado pájaro.

«Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados…»

Pero no nos pongamos tan serios. Nos cuestión de tomarse a la tremenda algo tan natural como envejecer y contemplar nuestros propios errores con indulgencia y una sonrisa de compresión y nuestros éxitos con la sorpresa del que no espera que aquello que llamamos destino sea justo o injusto. El primer paso para superar la soberbia por creernos infalibles o la depresión por comprobar cuan falible somos es tomarnos todo esto con humor.

Somos mayores cuando lo somos y tiene mucho de bueno porque nos permite contemplar lo recorrido y aprender. Aprender siempre de las lecciones que nos da la vida y tratar de hacer las cosas un poco mejor, solo un poco más, y dar gracias cada día por lo que se nos ha concedido.

William Wordsworth escribió una de las más bellas odas que otra belleza de la juventud, Natalie Wood recitaba, sin saberlo, con el más estricto sentido metapoético:

«Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.
Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba
Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo…»

Como decía más arriba, tampoco es plan de ponernos serios. En pocos días, si Dios quiere, tendré ocasión de reunirme a comer con mis queridos amigos, compañeros del colegio. A muchos los conozco desde que teníamos apenas cinco años —y seguimos sin uso de razón—. En esas quedadas, que tratamos sean anuales, bromeamos diciendo como pronto tendremos que ir buscando locales con buenos accesos para carritos y andadores, y que las conversaciones transitarán desde las últimas goteras registradas en estas patrias nuestras a los logros y triunfos de nuestros retoños que ya hacen su propia vida por el mundo.

Terminaré citando al que tengo por mi faro literario y vital, mi querido Don Miguel, que en boca de su alter ego, Don Quijote, dijo aquello de:

«Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados...»

Que sean muchos más y que ustedes lo disfruten conmigo.

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